domingo, 5 de octubre de 2008

El amigo desconcertante

Si todos los amigos son imprescindibles, que lo son, el desconcertante es fundamental. En la baraja de amigos cada uno vale para determinadas manos, pero el amigo desconcertante es el comodín, porque sirve para todo y para nada. El amigo confesor te escuchará sin rechistar y asintiendo con la cabeza. El amigo chapas se encargará de ponerte la cabeza como un bombo mientras tú asientes. El amigo psicólogo te describirá la razón de tu desazón, que no te la quita pero te alivia. El amigo araña nos enrolará a todos en unos planazos en los que él no participará, pero nosotros lo pasaremos bien. El amigo maguíber es el primer teléfono que llevamos memorizado para arreglar el frigo y reiniciar el Windows. El amigoteca es el pozo sin fondo para que nos preste los cómics con sheriff y los vídeos beta si fuera menester. Y así.

Pero... ay, el amigo desconcertante. Es como esa pieza del motor que nadie sabe para qué sirve pero que si la quitas el coche no chuta. Mi desconcertante pongamos que se llama Rufino, para preservar su intimidad, aunque a él su intimidad le importa lo que a mí el futuro de los Alba, si es que lo tienen. Un día le eché en cara que el libro que me había recomendado era más malo que el del canto del loco haciendo de poli y me contestó: "Tú hazme caso, no sigas mis consejos".

Así es Rufino. Cuando lo del cambio climático, y como medida de protesta contra el despilfarro de agua, decidió que a partir de entonces sólo se lavaría los dientes de arriba los lunes, miércoles y viernes, y los de abajo los martes, jueves y sábados; los domingos, todos sí y todos no, alternando. Y mejor no discutirle porque es firme en sus ideas. Cuando Aznar se sumó al guateque de las Azores, Rufino me dijo tajante que nunca más le votaría. "Pero si tú nunca le has votado", me atreví a replicarle. "Pues más a mi favor", zanjó.

Según él, la crisis económica se debe a que el ser humano va en manada a fabricar cosas innecesarias de las que, llegado el caso, el consumidor puede prescindir. Pone como ejemplo los coches, donde trabajan buenos porcentajes de obreros que, al oír crac, se ven con una mano delante y otra detrás. ¿Su alternativa? Sencillo: más esfuerzo y medios en la elaboración de papel higiénico que, a la postre, usa todo el mundo quieras que no.

A mí Rufino es el único que me desvela. Llego a casa, me acuesto, y venga a darle vueltas a lo que me ha contado, sin entender nada. Lo gracioso es que viendo la tele me imagino a los rufinos de sus respectivas cuadrillas. Por ejemplo, el ministro Solbes seguro que es el amigo desconcertante de su grupo, con sus cosas: "No hay crisis pero ya sabía que iba ser muy dura". Y entonces me animo a llamarle (a Rufino) para contarle lo que acabo de escuchar sin entender nada y va y me corta: "Chico, pues es de cajón". Y vuelvo a la cama, aunque sé que no pegaré ojo. Pero eso sí: aun y todo mi amigo es bastante más alegre que el tristón del Gobierno, lo cual tampoco tiene mucho mérito, ahora que lo pienso.

1 comentario:

Martín Bolívar dijo...

Solbes, más bien, deberíamos desecharlo de nuestro círculo de amigos. je :)