Lo ocurrido en la Copa del Rey trasciende de lo deportivo y se adentra en lo sociológico. Vuelve a brillar la esperanza sobre la jerarquía de valores, donde el dinero y la prepotencia nunca deberían ocupar los primeros puestos del ranking. Si al Madrid y a los madridistas les ha servido lo ocurrido el martes de lección de modestia y humildad, entonces estarán empezando a ganar de nuevo. Y si a todos nos sirve lo ocurrido en ese partido para reflexionar sobre el verdadero valor de las cosas, desde el trabajo a la diversión, pasando por la amistad, el equipo, el esfuerzo, los objetivos de la vida, entonces todos habremos ganado, y mucho, gracias a un puñado de amigos a los que desde ya propongo bautizar como “Los increíbles de Alcorcón”.
Y propongo, ya puestos, que el sponsor de la Agrupación Deportiva Alcorcón sea Astérix. Porque, ¿se imaginan? Esos chicos, con Idéfix de mascota en la camiseta, llegan a la final de la Liga de Campeones, seguro, sin un solo Goliat que se les resista. Qué gozada.
A lo mejor ya lo escribí, pero qué más da recordarlo: que una de las pintadas más fantásticas que mis ojos han visto, ante unas elecciones, era la que imperaba: Vota poco. Ni derechas, ni izquierdas, ni leches. Vota poco, con dos mojones: anarco y surrealista.
Y ahora me alegro de que el tema de la peligrosa manipulación gráfica resucite y se coloque en el primer plano de la actualidad, hasta el extremo de ser hoy una de las noticias más leídas de El País: Coto a la dictadura del Photoshop.
No, no, no me he perdido. Mi subconsciente une las dos cosas porque en el polémico asunto leo que Gonzalo Sánchez-Taíz, director general de la agencia McCann Erickson, justifica la manipulación de la foto de un aspirante porque (y va textual) "al final, lo que se está tratando de vender es un producto político y es legítimo que los candidatos traten de sacar su mejor imagen". Por eso considera lógico que se retoquen sus fotos y vería, igualmente legítimo que fuera acompañada de una leyenda -"en pequeño"- advirtiendo de que ha sido retocada. No obstante, sostiene que el uso del Photoshop en este tipo de propaganda puede tener efectos negativos para quien los emplea. "Está bien un retoque leve, pero si es muy evidente puede ser contraproducente".
Normalizar la trampa, para don Gonzalo, pasa por dos parámetros: que la mentira sea pequeña y que la mentira se confiese por lo bajinis. La imagen que la naturaleza no doma será realzada por Photoshop. Olé con la verdad comprada en If, olé con el engaño que se mete doblado. Y adiós a los esfuerzos que los periodistas honestos se empeñan en transmitir de que la verdad, sea escrita o retratada, no admite manipulación, y que la manipulación no admite adjetivos, no es leve o grave, no es poca o mucha, no es superficial o profunda.
Menos mal que, en mi ayuda, acude en el mismo reportaje una periodista de Hachette para hacerme la ola: "Manipular la imagen de una persona es falsear la verdad. Es adulterar la información. La información se adultera tanto si se falsea una foto como un texto".
No sé, pero parece casualidad que todo esto salga a la luz justo cuando acabo de dar una sesión sobre la manipulación gráfica, con la inestimable e imprescindible ayuda de Hany Farid, un investigador de la imagen a quien merece la pena seguir para aprender que lo que la Naturaleza no da Photoshop no arregla. Para la mentira no hay filtros.
Cuando la Casa Blanca publica en internet la dichosa foto, al Gobierno español le falta tiempo para pedir que la retiren del ciberespacio sideral. El argumento oficial es que lo piden para preservar la intimidad de las dos menores pero, claro, las lenguas viperinas, que son muchas y muy viperinas, enseguida le han sacado punta a la foto, a cuenta del aspecto de las dos adolescentes. Y aunque aquí y ahora no es lugar ni momento para sacar punta a la foto, sí lo es para hacer alguna que otra reflexión, que para eso estamos.
A botepronto, la carcajada general tiene su origen en la torpeza de tamaña petición, dado el mundo globalizado en el que vivimos. Si usted ve o lee algo en internet que le perjudica, nuestro consejo es que lo pase de puntillas, se calle, y rece para que el personal no lo descubra. Porque si, por el contrario, usted levanta la voz para denunciarlo, tenga por seguro que su multidifusión viajará a la velocidad de la luz del uno al otro confín de la Tierra.
Y si usted es famoso, pongamos por caso presidente de un Gobierno, ya ni le cuento. La mofa está asegurada y, lo que es peor, la foto que usted pretendía retirar de la circulación terminará con más copias y parodias que el crisma de los Reyes.
Pero hombre, es que a quién se le ocurre. La prudencia más elemental aconseja que si no quiere que la imagen de sus hijas termine colgando de la Casa Blanca, lo primero que tiene que hacer es no llevárselas a Washington. Pero si ya es tarde para eso, por lo menos no deje que se vistan así, tan góticas ellas. Y si para esto también es tarde, pues hombre, prohíbales salir en la foto, que para eso es su padre.
Una cosa es que los niños se rían del profe, le pongan un mote y le tiren papelitos a la espalda y otra, bien distinta, que lo embosquen en el recreo para repartirle unas galletas, muchas veces con la inestimable colaboración de los papás de las criaturas. Porque, en los últimos tiempos, las noticias vienen por estos derroteros: el papi le da una somanta al profe por haber reñido a su Yónatan, mientras Fredi, el hermano quinceañero del Yónatan, se mete entre litrona y litrona al asalto de una comisaría porque a tan temprana edad ya confunde la play station con la estación de policía de su pueblo.
Uno, a sus años, que fue educado primero en casa y después en el cole, donde por cierto recibió algún sopapo que otro (sin que me haya quedado la menor secuela) asiste ahora atónito al debate surrealista semanal, que en esta ocasión toca sobre la autoridad en las aulas. Autoridad en las aulas… pero por decreto, para que el respeto debido al profesor se imponga por legislación, ya que al parecer es imposible hacerlo por educación.
Y eso de la autoridad, no sé, para mí que hay que ganársela a pulso, como uno ha intentado hacer durante toda su vida. Pero ahora ya no sé, ya me he perdido. Sigo con la boca abierta ante la posibilidad de que sean sus señorías las que discutan sobre la conveniencia o no de decretar por ley que el alumno debe respeto y obediencia a su profesor, porque si no se las verá con el señor guardia de turno.
Pues yo, se los adelanto, les aseguro que en caso de que prospere tamaña ley, padres y alumnos se la podrán saltar olímpicamente, porque es tal el batiburrillo legal en el que andamos sumergidos, que ya hay jurisprudencia que amparará su inocencia, criaturas. Lo digo porque, casualidades de la vida, esta semana también ha sido noticia la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Catalunya, en la que falla que insultar al jefe llamándole hijo de mujer de costumbres distraídas (aunque de una forma más coloquial y directa, ya me entienden), no es motivo de despido.
Así que, señoras y señores, hijos y maestros, padres y vástagos, niños y niñas, obreros y patrones, conductores y peatones, ya lo saben: parece quedar abierta la veda para que cada cual dé rienda suelta a sus instintos, porque lo que la ley prohíba los tribunales suavizarán.
No sé, pero para mí que si en vez de tanta tontería leguleya la sociedad dirigiera sus esfuerzos no a imponer sino a convencer sobre las bondades de la educación, a lo mejor todos estos asuntos menores pasarían y para siempre al trastero del olvido. Lo que pasa es que esta sociedad, tan avanzada ella, tiene tanto miedo a dejarle secuelas psíquicas al niño, que mejor es dejarle que queme contenedores para exteriorizar sus sentimientos. Ay, señor…
La tinta peor gastada en la historia de los periódicos es y ha sido la utilizada para escribir bajo las cabeceras aquello de diario independiente de la mañana. ¿Independiente? No hay un solo periódico en el mundo que lo sea, y es una trampa sucia pretender que se identifique exclusivamente esa presunta independencia con el correspondiente partido político, gobierno o poder económico. Es mentira porque bajo cualquier iniciativa editorial subyace un proyecto, público o no, que le hace depender de objetivos económicos y sociales, los que sean. Entonces, lo que cabe es pedirle al periódico que como mínimo sea honesto y dé a conocer a la sociedad en general y a sus lectores en particular de qué pie cojea.
Es imposible fiarse de un periódico que pregone como lema que es "el periódico de todos los ciudadanos" cuando a continuación le arrea a la Iglesia Católica hasta en el carné de identidad, y cuando todos los ciudadanos católicos protestan, el diario aclara que su crítica es a la cúpula eclesial pero no a sus fieles; vamos, que tú eres una bellísima persona pero mecagüen tu padre. Es imposible creer que un periódico sea independiente cuando su devoción progubernamental es directamente proporcional a las concesiones de televisión de pago que recibe su grupo y que, cuando se acaba el chollo de la codificación, le falta tinta para darle dos manos y un repaso a los yerros del ayer amiguito con el que hoy ya no se ajunta. Es imposible fiarse de un periódico que apunta todos sus chorros de tinta para ensuciar el ambiente ciudadano y sembrar la duda metódica sobre el honor de opositores o dirigentes. Es imposible entender a una cadena de diarios que proclama su encendida defensa de los derechos individuales y colectivos de la sociedad mientras en su canal de televisión hay metros cuadrados de basura por hora y, lo que es peor, custodiada por presuntos periodistas.
Ahora salta la noticia de que en los Estados Unidos cae en picado la credibilidad de los ciudadanos en los medios de comunicación y todo es un mesarse los cabellos y rasgarse las vestiduras. Pero cuando el sondeo se haga en España mejor será que pille a cubierto. El ciudadano no hace sino pagarle con la misma moneda al medio que se olvidó de él, al medio que olvidó que su razón de ser era la de servirle y ayudarle, a través de la información, a crecer en todos los sentidos. Y el ciudadano no es tonto, no. El ciudadano aguanta, hasta cierto punto, que la prensa sea la única industria que le esquilme el bolsillo en plena crisis, porque cuando otros sectores bajan sus precios y duplican sus ofertas, el periódico mantiene el precio y encima recorta de 64 a 48 sus páginas pero, eso sí, todo lo llenas que pueda de publicidad. Pero los errores, la simplicidad, la tendenciosidad, la superficialidad, la altanería, la inexactitud, la dejadez, la chapuza, la banalidad o la avaricia terminan formando una montaña de ruedas de molino. Demasiado desequilibrio cantidad-precio y calidad-precio.
En los Estados Unidos, la credibilidad en los medios ha caído del 55% de 1985 al 29% actual. Y el titular bien podría ser: "El 29% de los estadounidenses son héroes y mártires". Aunque, por otro lado, tampoco hay que olvidar que todos los problemas y la crisis que están ahogando a la prensa tienen su origen en internet. Ella no ha hecho nada, pero nada de nada.
Puesta de sol sobre el cielo de Ecuador, domingo 13 de septiembre de 2009.
El día que se apague la luz no sabré cómo ponerme en contacto con más de ochocientas personas porque sus datos los tenía por arrobas al exclusivo cobijo del Gran Hermano. Perderé un montón de pensamientos aquí vertidos porque a mi cerebro rara vez le hago copia de seguridad. Me quedaré sin 1.024 recuerdos que un desconocido me albergaba por 20 dólares al año. Olvidaré que un día disfruté compartiendo mis pinitos con el vídeo. Ya no tendré más amigos desconocidos que se pasaban el día abriendo galletas de la fortuna e invitándome a unirme a causas absurdas. No compartiré mi asombroso currículo con señoras y señores a los que estaba unido en noveno grado. Ni nadie podrá husmear más en mi vida y milagros porque no habrá nada que actualizar. El día que se apague la luz 208 personas se quedarán sin saber si dormí bien o superé el estreñimiento. Y yo tendré que hacer memoria para volver a escribir los folios virtuales que también le regalé al Gran Hermano.
El día que se apague la luz ganaré un montón de horas porque ya no leeré cosas como ésta, que duran un minuto pero construyen calendarios y mayormente sirven para poco. Contaré mis cuitas solo a conocidos que me miran a los ojos y se interesan por mí y yo por ellos. Ese día me bajará el estrés porque ya no correré para abrir el enlace del enlace del enlace que me lleva a un enlace cuya lectura se dice imprescindible. Al final del día que se apague la luz almacenaré menos cosas y dejaré de inundar mi trastero.
El día que se apague la luz recordaré que los buzones son amarillos y puede que ya no necesite los ochocientos contactos porque tendré más cosas que decir. Recordaré, también, que el quiosquero se llama Joaquín y que todas las mañanas me volverá a ofrecer los periódicos aunque, eso sí, a lo peor vienen flojitos porque, el día que se apague la luz, muchos periodistas se quedarán a oscuras.