sábado, 29 de marzo de 2008

Surrealista se nace

Luis Buñuel (Calanda, 22 de febrero de 1900) escribe en su libro de memorias (‘Mi último suspiro’, Plaza&Janés, 1982) que esuchó los tambores a los dos meses de edad, en su cuna. Y, por darle un margen de confianza al maestro, aceptaré que los oyó, pero no que los escuchó. Lo que pasa es que, como nació en Calanda, admito hasta que el arco iris es cuatricrómico.

Si uno nace en Calanda se hace surrealista. Le pasó a mi yayo Miguel, el que adjudicó a un sintecho cultura ibseniana. De mi padre, zaragozano, ya escribí que descubrió en su nieta Berta el lado calandino de la vida:
–Abuelo, cántame tal canción.
–Pero cariño, si no me la sé.
–¡A ver cómo no te la sabes!…

En aquellos tiempos en que fui jovenzuelo, mi madre (calandina, qué) no terminaba de bajar bultos al Seat 1.500 color chocolate, horroroso, camino de las vacaciones en el Bajo Aragón; y aquel maletero petaba por los cuatro costados. Mi padre, tan paciente como nervioso que era, le gritó dulce a mi madre:
–¡María, por Dios, que esto va a reventar!
Y mi madre miró al horizonte, como solía, y le dijo en tono chilaut (relajante):
–Vale, tranquilo. Ya dejo en casa el spray del tónico facial.

En el macrovídeo sobre la Semana Santa en Calanda me acelero para contar que el personaje del centurión Longinos, al que se atribuye la lanzada al costado de Jesús cuando agonizaba en la cruz, luce una armadura del siglo XVII. Y la historia del surrealismo calandino es la que sigue:

El 29 de marzo de 1640 (hoy hace 368 años, como quien dice), Miguel Pellicer, vecino de Calanda, tuvo de nuevo a su disposición la pierna que le fue seccionada por un carro tres años antes. Por intercesión de la Virgen del Pilar se obró el milagro. Un milagro reconocido y avalado por la Iglesia Católica.
(Los documentalistas pueden aprovisionarse aquí).

El caso es que que Felipe IV, reinante entonces, recibe al milagrado Miguel en la Corte y, en medio de los aperitivos que se suponen, le regala a él y al pueblo de Calanda una preciosa armadura, de 43 kilos de peso, recién salida de fábrica. Y el pueblo decide, claro, que tan preciosa armadura no debe permanecer en museo sino que tiene que ser exhibida al menos una vez por año. Y así es como cada Semana Santa calandina procesiona Longinos, aquel centurión del año cero, con la parafernalia que algún descendiente guerrero ideó mil seiscientos años después, y sin que nadie se mosquee. Natural.

Ahora, que alguien venga a cuestionarme qué es el surrealismo. Y ya sé que algún alguien se remontará a Breton en la Francia de 1917, pero no. El surrealismo es natural: de Calanda y antes.