domingo, 17 de junio de 2007

El sargento de 1967

No, no me olvidé de su cumpleaños. Sé perfectamente que la fecha exacta de su nacimiento (o por lo menos con la que ha pasado a la Historia) fue el jueves 1 de junio de 1967. El sargento Peppers es géminis, como servidor. Y tampoco me faltaron ganas para publicar esta entrada el día de su cumple.

Lo que pasa es que tenía un compromiso conmigo mismo: los de la revista Nuestro Tiempo me habían pedido una pequeña colaboración para su número de junio, cuyo tema de portada está dedicado, precisamente, el 40 aniversario del álbum que marcó (suena a tópico pero es verdad) un antes y un después en el rock. Pero ahora, como la revista acaba de ver la luz, es cuando pego el textito que allí publico, en medio de un reportaje sensacional escrito por verdaderos especialistas.

Mi cosa la titulé 'Un día (muy especial) en la vida' y dice:
¿Cuarenta años? ¡Madre mía! Para mí que son algo menos, porque entonces yo tenía trece recién cumplidos y me suena que la banda del sargento entró en mi corazón algo más crecidito. Pero no me fío de mi memoria en lo referente a fechas. De lo que sí doy fe es de que este LP cambió mi visión del mundo musical. Desde luego, en los años 60 era difícil hacerse a tiempo con buenos discos, y gracias a los entonces habituales ‘encierros de amigos’, uno podía compartir música en casa de alguien, donde cada invitado aportaba su material. Y como este uno era pobre de solemnidad, estaba condenado a escuchar los gustos ajenos; por fortuna, sobresalían los seguidores de esta banda.

Pero el LP del SPLHCB entró, por fin, en casa. Creo que fue el primer ejemplar pop-rock de nuestra discoteca, hasta entonces surtida, sobre todo, de música clásica. La joya costó trescientas pesetas, pero si tuviera que calcular su rentabilidad por el número de veces que lo escuché, cada audición me saldría a perra chica. El salón de casa estaba presidido por un equipo hifi de última generación. Y con el poco dinero que tenía me compré unos estupendos cascos Pioneer, de esos enormes que ahora ya sólo llevan los aparcaaviones en los aeropuertos. Allí, sumergido en el sillón orejero, comenzó mi hipnosis y rendición incondicional ante la banda del sargento Pepper. Sin tener ni idea de inglés, fue mi primera lección gracias a esa contraportada inaudita con todos los textos. Allí, taponado por los enormes cascos, con el volumen a toda pastilla, comencé a desentonar (pero con mucha pasión) y a torturar a voz en grito a toda la familia al son del aired denius tudei ouboi… una y otra vez. Todavía me estremezco.

En el mismo número, mi guardaespaldas Sincopado, el verdadero experto en la cosa musical, escribe, bajo el título 'Un recuerdo en pantalones cortos' lo siguiente:
Si hay algo que odié durante mi infancia fueron los pantalones cortos y los calcetines hasta las rodillas. Mi primer recuerdo de los ‘cuatro fantásticos’ es inseparable de esta imagen. No puedo decir con exactitud cuando escuché por primera vez a los Beatles, aunque era tan pequeño que aún guardaba los dientes para el Ratoncito Pérez.

Recuerdo que los Reyes Magos, o quizás alguien por mi primera comunión, me habían regalado un walkman. Era un aparato negro, grande como un ladrillo, con tres únicos botones: play, stop y forward. Era lento y para rebobinar las cintas lo mejor era utilizar un bolígrafo y hacer girar la casete como si fuera una carraca.

Mi padre tenía grabados en un par de cintas de BASF, que aún conservo, los álbumes azul y rojo. Los escuchaba los domingos en el coche de camino a la comida familiar. Mi hermano y yo compartíamos los auriculares, aunque a mí me gustaba acaparar aquel armatoste sinfónico que devoraba pilas. Oí esos discos tantas veces que renegar de los Beatles sería como renegar de los estudios que recibí en el colegio.

Sentía pasión por Drive my car, Paperback writer y She said so, y estaba convencido de que entre sus letras había mensajes en castellano. Bendita niñez. Más tarde me adentré en el mundo del Sgt. Pepper y enloquecí con Revolver. Ese fue el punto de no retorno.

Hace unos meses que me reencontré con el mejor grupo de la historia, una especie de regreso al pueblo en el que uno pasó la infancia. He descubierto que creo en ellos como los niños en los superhéroes. Creo con fervor cada vez que escucho A Day in the life, Blackbird y Norwegian Wood, y me doy cuenta de que aun existen lugares, entre pentagramas, en los que todo es perfecto.

Si en algo coincido con Sincopado es en la pasión por A Day in the Life. Vamos con ella...



3 comentarios:

maj dijo...

Pues sí, maj es otro beatlemaníaco desde la cuna. Va mi recuerdico con una de las experiencias más gloriosas, gamberras y sonoras con el "sangento": yo vivía en San Juan y tenía un colega, Nachete, que moraba a trescientos metros. Yo sacaba cuatro altavoces a las ventanas y él seis. Y poníamos a todo trapo el sargento a la vez... Todo el barrio al ritmo de los chicos de Liverpool. El día más impresionante fue cuando, debajo de mi casa, unos punkis se montaron un concierto ilegal. Lo reventamos al grito de "John y Beatles forever" y con los bafles sacando humo...

Nahum dijo...

Ya lo dije en el blog de Asincopado.

"A day in the life" está entre mis tres favoritas.

Me alegra coincidir con usted, Don Francisco.

Si al final va a merecer usted la pena y todo.

Sincopado dijo...

No me queda claro si el texto de Nahum es un post o un poema haiku.