martes, 13 de mayo de 2008

Una de cacao mental

El profesor de Historia de aquel instituto catalán sintió que hasta casi le resucitaba la vocación cuando uno de sus alumnos quinceañeros le preguntó que quién había sido Nicolae Ceacescu. Intentó contener la emoción ante la olvidada sensación de explicar algo que despertaba, por lo menos, algún interés en su interlocutor. Pero no pudo contenerse y se embaló explicando los más de veinte años de dictadura comunista a los que sometió a Rumanía, con una represión feroz y llevando a su pueblo al borde de la hambruna y…
–…¿y por eso lo fusilaron? –le interrumpió el noi.
Al profe le vino el bajón, claro, y le repreguntó:
–Y si sabes que lo fusilaron, ya sabías quién había sido, al menos.
–No, qué va –le contestó el chaval–. Lo único que sé es que he visto cómo matan a ese tío en el YouTube.

La escena nos fue narrada, al cierre del VIIè Congrés Premsa Comarcal en Valls, por Ferran Sàez Mateu, autor del volumen ‘Mitjans de Comunicació i Valors’, un interesantísimo (y estremecedor) informe de este profesor de la Universitat Ramon Llull. Amén de otras conclusiones, el investigador reflexiona sobre el evidente ‘superávit informativo’ al que está sometida la juventud, superávit que se agrava por las cada vez más difusas fronteras entre realidad y ficción que transmiten los medios, con la inestimable ayuda de las nuevas tecnologías. El empacho informativo en un escenario que no distingue realidad y ficción lleva, como no podía ser de otra forma, a un cacao mental de incertidumbre y confusión (y, añado yo, a una total y paradójica desinformación).

Estas reflexiones me reafirman en el convencimiento de que nunca estará de más reivindicar la calidad frente a la cantidad en lo que a información se refiere.

Y acabo con otra cuestión bien preocupante que aborda el investigador (al que desde ya pido disculpas por mi torpe y libre traducción):
Muchos programas televisivos acaban creando una imagen distorsionada de los procesos democráticos, al convertir al espectador/consumidor en juez de determinados hechos de actualidad, pero amparado en un anonimato que le hace literalmente impune y, al final, irresponsable. Además, este fomento de la opinión se encuentra severamente mercantilizada: la principal fuente de ingresos de algunos programas ya no es la publicidad sino los mensajes SMS. También son frecuentes las falsas percepciones sociológicas: “¿Qué opinan los catalanes del tema x? Envíen un mensaje al…”. Estas pseudoencuestas no tienen ningún valor, pero eso no significa que no tengan ninguna influencia. Para una persona que desconozca esta clase de mecanismos, los porcentajes que aparecen posteriormente en pantalla son equiparables a un estudio sociológico riguroso que a menudo ha tardado años en realizarse.