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domingo, 31 de agosto de 2008
domingo, 16 de marzo de 2008
Belleza en ruinas
Sólo a los españoles se nos ocurriría levantar la Real Fábrica de Armas a tiro de piedra de los gabachos. Bien, vale, la zona navarra del valle de Aezkoa era una candidata natural por su provocadora riqueza forestal, mineral y acuífera, vamos, toda la materia prima necesaria para fabricar bombas de hierro colado, granadas y munición de todo tipo para armar a las tropas peninsulares y a las destacadas en las Américas. Un terreno lo bastante provocativo como para proceder por decreto a su recalificación y levantar allí un complejo industrial que, además, se convirtió en una obra de ingeniería y arquitectura de tal magnitud y perfección que hoy, dos siglos largos después, sigue siendo puesto como ejemplo de obra maestra (de arquitectura industrial, no de recalificación terrenal).
Pero hombre, eso de estar a menos de cinco kilómetros de la frontera gala, y emboscado, provoca hasta al mismísimo Astérix. Están locos, estos hispanos. Para despejar dudas, repaso el almanaque y me encuentro con que:
1784: se inaugura la Real Fábrica de Armas de Orbaitzeta.
1784: los franceses la incendian (guerra de la Convención).
Reconstrucción.
1808: los franceses la destruyen (guerra de la Independencia).
Reconstrucción.
1834: los carlistas la queman (a lo mejor para que no lo hagan los de siempre).
Reconstrucción.
1869: la fábrica sufre un incendio fortuito (ja).
Reconstrucción.
1871: la fábrica sufre un incendio fortuito (ja).
Reconstrucción.
1873: la fábrica cierra.
Que la reconstruya su padre de usted.
–Pero si no está quemada…
–Ya, ¿y ese mechero?
Lo que queda desde entonces es un montón de ruinas bellas, evocadoras y enigmáticas que darían para otro Harry Potter. La Junta de Aezkoa está por su recuperación, pero no para reconstruir (porque al amor de la lumbre las generaciones escarmientan) sino para convertirlo en un tan de moda centro de interpretación de la Naturaleza. Supongo que para interpretar a la naturaleza humana. Aunque yo ya me atrevo a interpretar que la naturaleza y el hombre se adivinan fundidas en lo que debió ser grandioso para los dos y que hoy es una monumental ruina para los dos.
domingo, 24 de febrero de 2008
Estoy perdido
Si me presento al Campeonato Mundial de Desorientados no prometo medalla, pero que llego a la final, fijo. A mí me sueltas al volante en el centro de Vitoria y, para volver a casa, hago el discóbolo: dar varias vueltas la ciudad, como cogiendo carrerilla, antes de acertar con la carretera. Si llego a un cruce sin señalizar, de todas a todas elijo el camino que no es. Para llegar a un sitio que conozco lo hago por la ruta memorizada; es inútil que alguien me intente convencer de que atajaría si fuera por aquí o por acullá. Por perderme, me pierdo hasta por las cumbres de Candanchú, y no vale reírse. Así que ya habrán imaginado que, hace años, los Reyes me echaban brújulas.En lo que se refiere a conducir, mi sufrimiento empezó a mitigarse con la era internet. Hace años que tengo marcada como favorita la web de ViaMichelin, que es una gozada: le dices de dónde adónde quieres ir y el gordo te dice rutas, kilómetros, distancias entre punto y punto intermedio y todo tipo de detalles. A imprimir, pues, y a correr, como si llevaras al mismísimo Luis Moya a tu derecha.
Pero la sofisticación entró en mi vida en noviembre de 2006, cuando compré la Marta, que es como bauticé a mi GPS, porque entre otras cosas te deja elegir si quieres que te hable una tía o un tío. Tía, tía. La Marta, entre otras virtudes, no te riñe cuando no le haces caso y no tomas la salida que te ha dicho; la muy paciente pone otra conferencia a los satélites que me vigilan y pide nuevas instrucciones (“a ver –me la imagino hablando por lo bajinis–, que el pacottonto se ha vuelto a liar, que qué le digo ahora”). Además, eso de llevar a la Marta me provoca un subidón del nueve: ahí arriba están los satélites, dejando a su suerte a la flota yanki en el Golfo, porque están calculando qué camino me conviene más para llegar al Parador de Segovia, que es donde he quedado con mis quintos. Te fastidias, US Navy.
Otra herramienta que uso a menudo, sobre todo para trayectos cortos, es la de Google Maps, porque también te da un altísimo grado de precisión sobre puntos, cruces, pueblos, carreteras secundarias y caminos. Antes usaba bastante estos mapas, pero los abandoné cuando descubrí que, para dominguear por Navarra, hay un método infalible: consultar a Javier. Hace algunos meses descubrí a este cartógrafo cuando entré en su despacho un viernes y le dije: “Javier, andarín, anda, dime una ruta chula para este domingo, pero que no esté muy lejos, que me pierdo”. Y Javier, sobre la marcha, me dibujó en un folio un plano desde Pamplona a Urbicain, un pueblico abandonado y con alrededores muy guapos para caminar; y así, de memorión, me dibujó a lo Google puntos, cruces, pueblos, carreteras secundarias y caminos. Y yo, desconfiado, cotejé después con el susodicho Google… y ambos mapas parecían calcos.
Por si alguien no se cree las virtudes de mi amigo, dejo una prueba. El viernes le dije que queríamos ir al valle de Baztán, pero por alguna ruta diferente, con buenas vistas, para caminar un poco, hacer fotos y comer un mucho. Al poco recibí este correo:
La propuesta supone llegar a Eugui, pasar el pueblo y continuar por la carretera que bordea el pantano y sigue hacia Francia. Después de dejar atrás el pantano, hay un desvío a la izquierda, cerca de una cantera. Está señalizado e indica "Irurita". Es la carreterilla que hay que tomar. Apenas hay tráfico. La carreterilla en cuestión atraviesa parte del hayedo de Quinto Real y deja a los lados algunos caminos por los que se puede pasear. Después de un pequeño puentecillo, la carretera comienza a subir: los árboles se acaban y se llega al puerto de Artesiaga. Es una zona despejada que ofrece una espléndida panorámica del Baztán. Es un buen sitio para dejar el coche. En el punto más alto, a la izquierda, nace una pista muy agradable que va subiendo poco a poco. La pendiente es muy cómoda. La pista recorre la ladera del Sayoa -es el monte grande que queda a la derecha- y llega casi hasta la cima del Zuriáin.Pues cómo va a resultar, Javier: una gozada, y eso que no es la estación más bonita para visitar el valle. Y a ver quién es el guapo que se atreve a dar tantos datos, detalles y explicaciones con menos palabras.
De vuelta en el coche, hay que seguir por la misma carreterilla, que baja hasta Irurita, ya en el Baztán. En Irurita hay casas muy bonitas de indianos -la mejor está en la plaza, al lado de la travesía- y sitios para comer. Casi al lado está Elizondo, donde hay buenos restaurantes y un casco urbano muy agradable.
Ya me contarás qué tal resulta.
Estas fotos de Ana y mías están dedicadas a Javier el Imperdible.
viernes, 17 de agosto de 2007
Escalar
El tipo de la guía dice que si nos quedan fuerzas podemos completar la jornada con la subida al Pic des Moines (2.349 metros). Lo dice porque en esa tesitura nos encontramos al llegar al Collado del mismo nombre (2.162), después de tres horas y media de subibajas (más subi que bajas) por toda la cresta fronteriza hispanofrancesa.
Pero es una excursión fantástica; algo rompepiernas, pero cuál no. Sólo por las vistas al Parque Nacional francés –presidido por el omnipresente Midi d’Osseau–, a todo el Valle de Astún, a la estación de Candanchú y su cadena montañosa donde manda el Aspe, a los ibones de Escalar y de Truchas… merece la pena.
Sombras y luces: paraíso por los cuatro costados en apenas un tictac.
Para los que quieran y no sepan, no tiene pérdida: el crucero lo iniciamos desde la estación de Astún (1.700), ascendiendo hacia el norte por un camino que nace donde el telesilla de Truchas. Después de un par de lazadas –como dicen los profesionales–, el camino desaparece justo donde un depósito de agua, pero se sigue hacia arriba por un sendero bien marcado por las laderas llamadas Los Llanos del Sol. Tras un ratito (ratito aquí, junto al ordenata, porque allá es un ratazo…) se alcanza una pared de zigzag que, superada, nos deja –sin aliento– en el ibón de Escalar (2.078). Desde allí, hacia el noreste, alcanzamos sin esfuerzo el ibón de Truchas (donde termina el telesilla) y algo después el Collado de Astún (2.180), lugar en que se descubre la vertiente gala de los Pirineos, con su majestad el Midi. Ahora se trata de crestear de este a oeste durante una hora hasta el Col des Moines, donde nace el pico del susodicho guía.
Y a fe que lo intenté, casi hasta la cumbre, pero la última lazada era literalmente de vértigo –subida a cuatro patas– y aquí el machote se rajó; no era una problema de fuerzas, por otro lado justas, sino de canguelo vertigoide: fotos y para abajo, escarabajo, mientras por fin entiendo lo de que los frailes le den nombre a collado y pico: fortaleza franciscana se necesita para la escalada.
Me he tropezado con tropecientos terneros y una treintena de caballos, manejados y controlados todos ellos con indescriptible maestría por un solo perro pastor que debía ser de los frailes: sabía latín.
Como casi siempre, os dejamos algunas fotos en Flickr.
Pero es una excursión fantástica; algo rompepiernas, pero cuál no. Sólo por las vistas al Parque Nacional francés –presidido por el omnipresente Midi d’Osseau–, a todo el Valle de Astún, a la estación de Candanchú y su cadena montañosa donde manda el Aspe, a los ibones de Escalar y de Truchas… merece la pena.
Sombras y luces: paraíso por los cuatro costados en apenas un tictac.
Para los que quieran y no sepan, no tiene pérdida: el crucero lo iniciamos desde la estación de Astún (1.700), ascendiendo hacia el norte por un camino que nace donde el telesilla de Truchas. Después de un par de lazadas –como dicen los profesionales–, el camino desaparece justo donde un depósito de agua, pero se sigue hacia arriba por un sendero bien marcado por las laderas llamadas Los Llanos del Sol. Tras un ratito (ratito aquí, junto al ordenata, porque allá es un ratazo…) se alcanza una pared de zigzag que, superada, nos deja –sin aliento– en el ibón de Escalar (2.078). Desde allí, hacia el noreste, alcanzamos sin esfuerzo el ibón de Truchas (donde termina el telesilla) y algo después el Collado de Astún (2.180), lugar en que se descubre la vertiente gala de los Pirineos, con su majestad el Midi. Ahora se trata de crestear de este a oeste durante una hora hasta el Col des Moines, donde nace el pico del susodicho guía.Y a fe que lo intenté, casi hasta la cumbre, pero la última lazada era literalmente de vértigo –subida a cuatro patas– y aquí el machote se rajó; no era una problema de fuerzas, por otro lado justas, sino de canguelo vertigoide: fotos y para abajo, escarabajo, mientras por fin entiendo lo de que los frailes le den nombre a collado y pico: fortaleza franciscana se necesita para la escalada.
Me he tropezado con tropecientos terneros y una treintena de caballos, manejados y controlados todos ellos con indescriptible maestría por un solo perro pastor que debía ser de los frailes: sabía latín.
Como casi siempre, os dejamos algunas fotos en Flickr.
martes, 14 de agosto de 2007
Fuente del menda
Un paco es, en fabla aragonesa, una ladera umbría de montaña, donde los rayos del sol apenas llegan. Los pacos son lo contrario de las solanas, las vertientes orientadas al este y mediodía, donde el astro rey es más que generoso. Así que los pacos somos pero que muy apreciados en verano, cuando las sombras son alternativa o complemento a los madrugones para darse caminatas sin morir asfixiados. Y más queridos, si cabe, cuando el machacado caminante adivina un letrero que le anuncia la proximididad de una fuente del paco, sinónimo de manantial de agua fresca por venir de profunda oscuridad.La Fuente del Paco, como nombre propio, está encima de Villanúa (Valle del Aragón), a la que se llega después de subir por pacos durante 50 o 60 minutos, dependiendo el crono de las cajetillas diarias de cada cual; nosotros, claro, fuimos de los de 65. Hay algunas rampas algo potentes pero casi todo el sendero es llevadero y agradable; en total, un aceptable desnivel de 290 metros, hasta alcanzar los 1.220.
Ana, a la sombra de la fuente del paco.Buenas vistas, buenas aguas (dicen que hasta curativas) y un entorno de abetal conocido como ‘la Selva de Villanúa’, de donde los lugareños se hacían con una madera de extraordinaria calidad, sustento del pueblo durante generaciones. Del abeto, además, se extraía la trementina o ‘aceite de abeto’, utilizado hasta principios del siglo XX para la obtención de gran número de ungüentos.
Acción (arriba) y efecto (abajo).
El descenso, aunque con rodeo, merece hacerlo por la pista de la Trapa, muy suave y perfecta para otear todo el cañón del inicio del Valle del Aragón.
Hemos dejado un álbum en Flickr.
viernes, 10 de agosto de 2007
San Juan de la Peña
(Clic a la foto para verla más grande). Foto: Ana y Paco Sancho.Cuenta la leyenda (una de esas que merecería ser verdad) que, una mañana del año 732, el joven cazador zaragozano Voto iba a galope tendido tras un venado por el espeso monte Pano, en la Jacetania, cuando vio que se dirigía hacia el borde abismal de una gran roca. Sin tiempo material para detener a su montura, al joven cristiano sólo se le ocurrió encomendarse a San Juan, momento en el que el caballo frenó en seco, salvándole de una muerte segura. Con los pies en el suelo pero con el susto aún en el cuerpo, Voto escudriñó el lugar y descendió hasta encontrar, bajo el impresionante peñasco, “una gruta convertida en humilde santuario dedicado al Bautista, en el que yacía, incorrupto, el cuerpo muerto del ermitaño, cuyo nombre, ‘Juan de Atarés’, figuraba escrito en las losas; este hecho le impulsó a adoptar la vida eremítica junto con su hermano Félix” (Santiago Broto, en ‘El Pirineo Aragonés’). El santuario fue creciendo hasta convertirse en una joya única del románico aragonés, cuya vista y visita impresiona y emociona.
En la planicie superior al monasterio viejo, por la que Voto debió aproximarse y hoy conocida como pradera de San Ildefonso, se encuentra el monasterio nuevo de San Juan de la Peña, construido entre 1675 y 1714, que ha sufrido en sus casi tres siglos de existencia todo tipo de incendios y saqueos. Afortunadamente, el santuario acaba de ser recuperado, y a fe que será amortizado pronto a tenor de los precios por visitarlo o por recuperar fuerzas en su cafetería.
El Pirineo occidental, a vista de buitre desde el pico de San Salvador. Foto: Ana y Paco Sancho.Pero menudencias aparte, el entorno es de los de no cansar. Nosotros nos hemos dado una caminata desde el monasterio nuevo hasta el pico y ermita de San Salvador que, aunque no está a mucha altura (1.546 metros), ofrece unas vistas espectaculares sobre el Pirineo occidental con todo tipo de bichos (águilas, buitres y quebrantahuesos) surcando el cielo porque allí, en los cortados picos de roca, tienen sus nidos y su tranquilidad.
Para los que lo deseen, hemos dejado unas pocas fotos en un álbum en Flickr.
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